Nuestra cultura está plagada de dichos relacionados a la comida -todos reales, cabe señalar -y la razón es sencilla: La cocina es el corazón que bombea energía a todas nuestra aventuras y desventuras.
En mi familia, la cocina es un lugar mágico donde cualquier milagro y remedio pueden suceder: Desde curar cualquier mal del alma o hacer de cualquier evento cotidiano algo majestuoso.
Es lugar de comunión y entrañable cariño, de chisme y aprendizaje: todo es parte de un proceso donde la sazón la dá cada quién.
En esta sección quiero compartir las recetas que con los años se han acumulado y las anécdotas que las han hecho memorables. Como siempre, siéntanse libres de pasar por aquí, sentarse un momento a esta mesa y dejar un pizca extra de sabor.
Bienvenidos y ¡buen provecho!
Gelatina de mamey
Sin presumir, he tenido la suerte y bendición de tener y disfrutar a un par de abuelas cocineras, a quienes debo los dulces, la alegría de un plato con magia y todos los kilitos infantiles que me hicieron una niña regordeta, simpaticona y feliz.
Mi abuela materna era un chef singular, con paladar y sazón fino, jamás pedante. Mi abuela paterna, por el otro lado, es una repostera sin igual. Aun con su carácter firme y serio, su corazón ha sido siempre lo suficientemente generoso para heredar, aprender y compartir el toque sutil y dulce de enmarcar la vida con postres, y así lo intenté la semana pasada.
Hay tres cosas por las que amo septiembre, una de ellas es comer chiles en nogada, mmm es una delicia que no puedo dejar pasar cada año. Así que , fiel a mi feroz y extrovertido antojo, el Cho me invitó a su casa a degustar la variante que hacen allá en sus tierras cuajimalpescas.
Educada bajo los preceptos de agradecer con un fino detalle las invitaciones a comer de los suegros, pensé ¡ya sé, voy a llevar un postre ligerito y mexicano!, así que recurrí a mi abuela en busca de algo fácil, sabroso y espectacular.
Mi primera opción fue una gelatina de zapote, pero aquí, su humilde aprendiz de cocinera aún no domina las estaciones de la fruta, por lo que ese postre deberá esperar a diciembre. Sin embargo, mi abuela salió al quite de mi despiste: Mamey, haz gelatina de mamey ahora que aún es temporada.
Por años pensé que era una cosa laboriosísima, pero no. Es sencilla y efectiva siempre y cuando se sigan 3 secretos al píe de la letra. He aquí la receta. Intentenla y sugieran otras nuevas para seguir siendo toda una chef en la cocina.
1. Fui con el marchante preferido y pedí 2 piezas de mamey. Si no tienen marchante, pregunten en el super a quien le vean cara de buena gente o que sí le sabe a la fruta, que los escoja por ustedes. Pero no hay que confiar de más, el mamey es una fruta engañosa y no tiene ningún truco para saber si está bueno o pasado. Así que pidan que los calen y les den un pedacito, están en su derecho y no puede darse uno el lujo de fallar en una situación de parentezco político.
Variante light: Pa la dieta, usen leche light, no pasa nada. Pero mantengan la cantidad, 3/4 de litro.
Variante especial: Usen una lata de leche clavel, o carnation, y 1/2 litro de leche normal.
*Secreto 1: A fuerzas gelatina Gari, que a decir de mi abuela, si no, no cuaja.
*Secreto 2: No más de 3/4 de leche para que no se aguade la gelatina. El Mamey aporta el resto del líquido necesario.
2. Mientras dejaba enfriar la gelatina disuleta en leche, lave un mamey, lo partí a la mitad y le quité el hueso y la cáscara con una cuchara, como si fuera un aguacate. Una vez que saqué la pulpa, la pique en trozos para facilitarle la chamba a la licuadora.
3. Me hice guaje un ratito: lave trastes, ordené el refri, le hablé a mi mamá, preparé mi lunch y ya que la leche con gelatina estaba fría -no gelida, tampoco, pero ya no caliente, vaya-, puse en la licuadora dos tazas de leche con gelatina con el mamey en trocitos. Licué y licué y licué hasta que quede homgéneo, parejito. Luego, incorporé el licuado al resto de la gelatina fría y me di cuenta de que le faltaba sabor, así que licué 1/2 mamey más.Aquí, ustedes echénle al tanteo, hasta que sientan que ya sabe a mamey y no licuado.
*Secreto 3: La leche con gelatina tiene que estar fría, si no se amarga el mamey porque se cuece.
4. Vacíe la mezcla en un molde bonito y la puse a refrigerar. Le eché un ave maría para que quedara (recomendación de mi mamá) y me fui a dormir. La gelatina tarda entre 2 y 4 horas en cuajar bien, así que la noche fue más que suficiente.
5. Para servir, pueden ponerle unas hojitas de menta para darle contraste, o así solita. Les auguro varios "mmm" y elogios sinceros.
Además, fue muy buena elección por partida doble. La mamá del Cho no puede puede comer mucha azucar y este es un postre dulce, pero ligero y lleno de sabor. Se ve elegante y popular, así como su servilleta.
Esa tarde el cielo tronó y llovió como pocas veces había visto y se frustraron nuestros deseos de salir. Pero no importó. La plática y la gelatina de mamey dieron a la tarde la calidez y el color necesario para que no cayera a pesar de la lluvia torrencial. Otro punto para la gelatina de mamey: mantiene cerca el verano y a las buenas compañias. Creo que por eso es uno de mis postres favoritos.
Inténtenlo antes de que pase la temporada y cuenten qué más hizo por ustedes la gelatina de mamey.
Excelente receta!! no soy muy fan del mamey pero esta gelatína me hizo cambiar de parecer.
ResponderEliminarAgradezco a la abuela por compartir esta receta :D
eeh que bien! y a la nieta por pasarla, no? ojalá regrese pronto la temporada de mamey
ResponderEliminarPor ahí me dijeron que haces un pastel de zanahoria excente... ;)
ResponderEliminaryumm..
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